Hay una escena que se repite una y otra vez en las carteras. Compramos dos acciones. Una empieza a subir y, cuando acumula un 8% o un 10%, comenzamos a pensar en asegurar el beneficio. Nos decimos que “más vale pájaro en mano”, que ya habrá tiempo de volver a entrar o que no queremos perder lo ganado.
La otra hace justo lo contrario. Cae un 5%, después un 10% y más tarde un 15%. Y, curiosamente, cuanto peor se comporta, más argumentos encontramos para seguir dentro. “Ya ha caído demasiado”, “seguro que rebota”, “cuando vuelva a mi precio, vendo”.
Ahí aparece una de las contradicciones más habituales del inversor: tenemos prisa por vender aquello que funciona y una paciencia extraordinaria con aquello que no funciona.
No siempre ocurre así, por supuesto. Hay posiciones perdedoras que merece la pena mantener y ganancias que conviene cerrar. El problema aparece cuando la decisión deja de depender de la estrategia, del riesgo o de la situación de la empresa y empieza a depender casi exclusivamente de una sensación mucho más humana: el alivio de asegurar una ganancia frente al dolor de reconocer una pérdida.




